YA ES TODA UNA SEÑORITA

Nadine Lacayo Renner

A las niñas rurales sin niñez, sin arraigo y sin futuro.

En tierra adentro las mujeres jóvenes se juntan temprano con los hombres que salen a la fajina todos los días. El hombre siempre regresa al mediodía, cansado, con todo el derecho de acostarse en una hamaca. La mujer, después que le sirve la comida, sigue trabajando como hormiga, y ya en la noche, sin ganas, se prepara en silencio para cumplir con su obligación: hacerle los favores al marido. Todos los días la mujer se levanta antes de las cuatro de la mañana, enciende el fuego, prepara el café y la comida al hombre, lava, plancha, limpia, cocina, saca diez baldes de agua del pozo, le da de comer todos, le d de comer a las gallinas y al cerdo, da las sobras al perro que no tiene nombre, y raja la leña para el fuego del día siguiente. El hombre vuelve del trabajo al mediodía, siempre cansado, con todo el derecho de acostarse en una hamaca. Después que le sirve la comida, la mujer sigue trabajando como hormiga, y ya en la noche, sin ganas, se prepara en silencio para cumplir con su obligación: los favores al marido.  Al final de la catorcena el hombre le da la quinta parte del salario de sus jornadas, porque el resto va para su “bien merecida” parranda. Ella siempre se queda en la casa, encendiendo el fuego, poniendo el café, preparándole la comida al hombre, lavando y planchando la ropa, limpiando, cocinando, sacando diez baldes de agua del pozo, dándole de comer a todos, le da de comer a las gallinas y al chancho, y las sobras al perro sin nombre, y rajando la leña para el fuego del día siguiente.

Cuando la mujer ya parió seis chavalos, y ve que no alcanza la comida ni tiene poder para multiplicar las tortillas, se engancha sin permiso de nadie en un trabajo temporal, donde corta café y hojas de tabaco, deshija, desgrana, aporrea, saca tubérculos de la tierra y limpia las papas que salen enlodadas. Las manos de las mujeres, dice el patrón, son aptas para cortar, desgranar, deshijar, aporrear, escarbar la tierra y limpiar. Los hombres no son buenos para eso. Los hombres son buenos para arar, sembrar, aporcar, abonar, fumigar, cargar las cosechas. La mujer se ha ido a trabajar, se ha llevado algunos hijos al trabajo y ha dejado a los más chiquitos al cuidado de la niña mayor, de nueve o diez años. La niña limpia, lava, mira a los más chiquitos, plancha, saca diez baldes de agua del pozo, da de comer a las gallinas, mira a los más chiquitos, da de comer al chancho, mira a los más chiquitos, le tira las sobras al perro sin nombre, mira a los más chiquitos. El hombre regresa siempre cansado, con todo el derecho de acostarse en la hamaca, pero la mujer no le sirve la comida. La niña deja a su hermano más chiquito en el suelo, le sirve la comida al hombre, que es su padre, y sigue trabajando como hormiga. El hombre se acuesta. Se siente humillado porque la  mujer no está en la casa y se ha ido sin su permiso a trabajar; se siente herido en su hombría, porque la mujer no le sirvió la comida. Piensa en la niña mayor, la ve, se calma y se dice: es toda una señorita.

La mujer vuelve cansada, pero se pone a trabajar como hormiga: raja la leña para el fuego del día siguiente, atiende a los más chiquitos y les da de comer a todos. El hombre está callado, piensa en su hombría herida, vuelve a pensar en la niña mayor, la ve y se dice: es todo una señorita. La mujer sigue trabajando como hormiga, y ya en la noche, sin ganas, se prepara en silencio para cumplir con su obligación: los favores al marido. El hombre la trompea, es decir, le pega en la cara con los puños, ella grita, el hombre la viola, ella grita, el hombre la vuelve a violar. La niña ve y calla, llora en silencio, los demás hermanitos siguen a la niña, todos lloran en silencio. La niña cuida a los más chiquitos. Al día siguiente la mujer se levanta antes de las cuatro de la mañana y enciende el fuego, prepara el café y la comida al marido que se va a su jornada con su hombría en alto, recobrada la confianza en sí mismo. La mujer se ha ido de nuevo a fajinear, sin permiso. Se ha vuelto a llevar algunos hijos al trabajo y ha dejado a los más chiquitos al cuidado de la niña mayor, de nueve o diez años. La niña limpia, lava, mira a los más chiquitos, plancha, saca diez baldes de agua del pozo, da de comer a las gallinas, mira a los más chiquitos, da de comer al chancho, mira a los más chiquitos, le tira las sobras al perro que no tiene nombre y mira a los más chiquitos. El hombre regresa siempre cansado, con todo el derecho de acostarse en una hamaca, pero otra vez la mujer no le sirve la comida. La niña deja al más chiquitito en el suelo, le sirve la comida al hombre, que es su padre, y sigue trabajando, como hormiga. El hombre se acuesta, se vuelve a sentir humillado, porque la mujer no está en la casa y porque se ha ido sin su permiso a trabajar. Se siente herido en su hombría. Piensa en la niña mayor y vuelve a pensar que ya es toda una señorita.

La mujer vuelve cansada, se pone a trabajar, como hormiga: raja la leña para el fuego, atiende a los más chiquitos y les da de comer a todos. El hombre está callado, piensa en su hombría herida otra vez, se siente humillado de nuevo, se le sube la sangre a la cabeza, vuelve a pensar en la niña mayor, la ve otra vez, y vuelve a decirse que ya es toda una señorita. La mujer sigue trabajando, como hormiga.  Ya en la noche, sin ganas, se prepara en silencio para cumplir con su obligación: los favores al marido. El hombre la trompea, ella grita, él la viola, ella grita, él la vuelve a violar, la niña ve y calla, llora en silencio, toma un leño del fuego y se lo tira al padre, los niños despiertan, el hombre los golpea a todos. El cielo se pone rojo. Piensan en la virgen. El hogar es un infierno.

La mujer vuelve al día siguiente a levantarse antes de la cuatro de la madrugada con la cara morada. Todos los niños tienen inflamado algo: un ojo, la boca, un labio, una ceja, el antebrazo. La niña mayor está callada, no llora, no llora ninguno, no hablan, solo están quietos, no se mueven, quieren ser sombras, quieren ser invisibles.  La mujer enciende el fuego, pone el café, le prepara la comida al marido y prepara la comida a los demás.  El hombre se va en silencio, se siente fuerte, con alta confianza en sí mismo. La niña no quiere que su madre vuelva a trabajar, pero toma a los más chiquitos y se pone a sacar diez baldes de agua del pozo. Su madre se ha ido de nuevo sin permiso, se ha vuelto a llevar algunos hijos al trabajo y ha dejado a los más chiquitos bajo su cuidado.  La niña limpia, lava, mira a los más chiquitos, plancha, da de comer a las gallinas, mira a los más chiquitos, da de comer al chancho, mira a los más chiquitos, le tira las sobras al perro que no tiene nombre y mira a los más chiquitos. Esta vez no llegó el hombre a la hora de siempre. Es día de pago y de parranda “bien merecida”. La mujer sí llega, alegremente, más temprano. Se ha gastado toda su quincena en la comida y para ella no se deja ni siquiera para un chicle. La mujer descansa, no hay nadie más que sus hijos y hay comida para todos. El perro parece que ríe y el chancho que juega con las gallinas. La mujer piensa que la vida puede ser así, así como la siente en ese momento, sin llanto, extrañamente en paz, con comida para todos, con el perro sin nombre, con el perro que parece reír. Piensa que sus hijos tendrán al fin zapatos algún día y que irán a la escuela, porque sabe  que si no van serán nadie, como nadie es ella, según ella. Pero esa tarde, con las compras hechas con su dinero, se siente alguien, un poquito alguien. Esa noche la mujer no se preparará para cumplir su obligación. Duerme. Todos contentos. Se sienten seguros, están sin miedo. La virgen los protege. Todos se quedan dormidos. Un ruido los despierta. Un golpe fuerte derriba la puerta. Las gallinas se alborotan, el chancho se despierta, y el perro ladra con miedo. Todos tiemblan, se abrazan, cierran los ojos, quieren desaparecer, se ponen a rezar. El perro ladra, el hombre se tambalea, se tira encima de la mujer, la intenta violar, esta borrado y cae tumbado al suelo. Se queda profundamente dormido en el suelo. La mujer por primera vez desea su muerte. La mujer no quiere que despierte jamás. La niña respira hondo, los demás respiran hondo. En el cielo brillan las estrellas. Todos rezan, dan gracias a la Virgen. La mujer se queda despierta toda la noche. La niña se queda despierta toda la noche. Sienten la protección de Dios.

La mujer se levanta antes de las cuatro de la mañana. No enciende el fuego ni prepara el café ni la comida. Los despierta a todos. Hace unos líos de ropa, mete los granos en un saco y salen todos detrás de ella, sin abrigos y sin zapatos. El perro sin nombre los sigue. La niña va detrás del perro cargando dos gallinas y jalando al chancho con un mecate. El chanco grita en el camino. E hombre, borracho, duerme en el suelo. Caminan, van uno detrás de otro, el chanco grita, la gallinas van de cabeza, el perro sin nombre sigue a la niña. Llegan Caminan hasta la casa de la abuela, que es la madre de la mujer. La abuela vive sola en la comunidad de La Cruz, San Isidro adentro, bien largo de Estelí. A la orilla de la puerta de su rancho la abuela tiene un puesto improvisado donde vende aguacates, manguitos criollos y jocotes. La abuela de vez en cuando hace tortillas, y con cuajadas las vende a los pasajeros de los buses que pasan por la comunidad de La Cruz. La mujer sigue levantándose antes de las cuatro de la madrugada, junto con la abuela, a trabajar, como hormigas. Encienden el fuego, ponen el café, preparan la comida a los hijos. La mujer, sin permiso de nadie, vuelve de nuevo a trabajar, y se lleva algunos hijos al trabajo y también a la niña mayor, que ya puede fajinear. Ha dejado a los más chiquitos al cuidado de la abuela, que limpia, lava, mira a los más chiquitos, plancha, saca diez baldes de agua del pozo, da de comer a las gallinas, mira su puesto de frutas, mira a los más chiquitos, da de comer al chancho, mira su puesto de frutas, mira a los más chiquitos, le tira las sobras al perro sin nombre, y mira a los más chiquitos, y mira su puesto de frutas.

 

En la hacienda, la mujer y la niña de doce años, desgranan, aporrean, escarban tubérculos, deshijan, cortan cucurbitáceas frescas de las enramadas, limpian las papas que sacan enlodadas de la tierra. El patrón dice: las manos de las mujeres, son aptas para cortar, desgranar, deshijar, aporrear, escarbar la tierra y limpiar. Los hombres no son buenos para eso. Los hombres son buenos para arar, sembrar, aporcar, abonar, fumigar, cargar la cosecha. El patrón mira a la niña y piensa que ya es toda una señorita. En la hacienda, la mujer y la niña, siguen desgranando, aporreando, escarbando tubérculos, deshijando, cortando cucurbitáceas frescas de las enramadas, limpiando las papas que sacan enlodadas de la tierra. El patrón ve a la niña y dice: esta niña ya es toda una señorita. La mujer tiembla y la niña corre. Los hombres del patrón la agarran. La niña llora y tiembla, igual que la mujer, que también llora y también tiembla. La niña y la mujer piden la protección de Dios. La niña, llora y tiembla, igual que la mujer. Dios las ha abandonado.

La niña parió el primer hijo del patrón, lo deja al cuidado de su madre. La niña sigue desgranando, aporreando, escarbando tubérculos, deshijando, cortando cucurbitáceas frescas de las enramadas, limpiando las papas que saca enlodadas de la tierra. La niña parió tres chavalos, y ve que no alcanza la comida, y que sus hermanos no tienen zapatos y no van a la escuela, la niña hace un lío de ropa antes de las cuatro de la madrugada, y sin permiso de nadie, toma el bus para Managua y pide la protección de Dios. La niña es empleada doméstica y cada quince días regresa a la comunidad de La Cruz a ver a sus hijos y hermanos. Les entrega a su madre y a su abuela su salario enterito y no se deja para ella ni siquiera para un chicle. La niña se levanta un poco antes de las seis de la mañana, pone la percoladora, prepara el desayuno para los hijos de la patroncita, que le ha regalado un radio, la han uniformado de celeste y le han metido una TV diminuta en su cuarto, que es como una caja de zapatos. Después de darle de desayunar al marido de la patroncita, y que a los hijos se los han llevado a la escuela, la niña lava, luego plancha, limpia, cocina, llena el tanque de agua potable. Le da de comer al perro y al gato, almuerza en su mesa. La patroncita almuerza en la suya. La niña lava los platos y cuece la carne para el día siguiente. En la tarde la niña riega el jardín y habla con la muchacha de al lado, que también riega el jardín, y es de la comunidad de Santa Clara, adelante de Paiwas, muy lejos de Camoapa. La niña descansa un ratito. Llama con su celular hasta la comunidad de La Cruz. Prepara la cena, lava los platos, ve la novela y se acuesta cansada, con todo el derecho de acostarse, solo con la angustia de sus hijos en la boca del estómago. El patroncito entra al cuarto de la niña, ve que tiene los ojos cerrados y entonces piensa que es toda una mujer. La niña siente la mirada del patroncito, reza en silencio, y en silencio pide la protección de Dios.

Cada quince días regresa a la comunidad de La Cruz a ver a sus hijos, y les entrega a su madre y a su abuela su salario enterito y no se deja para ella ni siquiera para un chicle.

La niña de veinticuatro años. Se sube a Tica Bus y se va a San José, a Costa Rica. Su salario enterito lo manda cada quince días a su madre y a su abuela, y para ella no se deja ni siquiera para un chicle. Los niños van a la escuelita de la comunidad de La Cruz y tienen zapatos. La abuela atiende su puesto de frutas, la madre cose ropa ajena, con la máquina de coser que la niña le regaló en diciembre.  En San José, la niña se levanta antes de las seis de la mañana. Pone café en la cafetera eléctrica, prepara el desayuno para los hijos de la patroncita, que le ha regalado una TV de plasma y la ha uniformado de color rosado y puesto una cofia blanca en la cabeza. También le metió una minirefrigeradora en su cuarto, que es un poco más grande que el de Managua. Después de servir el desayuno al marido de la patroncita, y que a los hijos se los han llevado en autobús a la escuela, la niña lava en la lavadora eléctrica, y seca la ropa en la secadora, también eléctrica. Luego plancha con la plancha a base de vapor, después limpia con la aspiradora, vuelve a la cocina y en el sartén eléctrico fríe pescado. La niña le da de comer a Hunter, que es como se llama el perro, y le da de comer a Kissinger, que es como se llama el gato, y le da de comer a Beethoven y a Pavarotti, que es como se llaman los dos periquitos celestes enjaulados. Todos han almorzado, la niña come en su mesa, y después, lava los platos en el lavaplatos eléctrico, cuece garbanzos para el día siguiente. En la tarde riega el jardín, corta flores tropicales y las mete en un florero de vidrio.  También habla con la muchacha de al lado que riega el jardín, y que es del municipio de Cárdenas, en Rivas. La niña descansa un ratito. Hace una llamada con su celular hasta la comunidad de La Cruz. Prepara la cena, pero los patroncitos ordenan una pizza. La niña ve la novela y se acuesta con todo el derecho de descansar, solo con la angustia de sus hijos en la boca del estómago. El patroncito se asoma al cuarto de la niña, ve que tiene los ojos cerrados y entonces piensa que es toda una mujer. La niña siente la mirada del patroncito, reza en silencio, y pide la protección de Dios.

Cada quince días, la niña manda su salario enterito a su madre y a su abuela y no se deja para ella ni siquiera para un chicle. La niña, tiene una niña mayor, de nueve años, por la que pide la protección de Dios.

8 de marzo 2014

 

 

 

 

 

 

 

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10 thoughts on “YA ES TODA UNA SEÑORITA

  1. Me impacto
    Llore de dolor de madre y de impotensia de mujer lo inicie leyendo coni hija de 8 años y no pude continuar por ser tan asquerosa la maldita realidad que sufren muchas mujeres y niñas. La representacion simbolica que tiene para una mujer tener un empleo y como el machismo en virtud del progreso del hogar lo que ve es el ego del hombre que no permite que la persona se sienta empoderada y como en nombre de esa independemsia nuestras niñas dejan de ser niñas y se convierte en la que asume el rol de ama de casa de mama sustituta me impresiona el regreso al hogar materno no solo por que ufff tienen que dejar su hogar para sobrevivir a la violencia sino por que en su hpgar materno de nuevo trasladamos el rol de ama de casa y mama sustituta esta vez a la abuela y todo el rollo de pensar que los que estan en el extrangero estan mejor y que manden dolares mas y mas siendo inconsientes de las situaciones que ellas atraviesan es IMPACTANTE

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  2. Reblogueó esto en En la Makenzin-Boly comentado:
    Acabamos de descubrir que Nadine Lacayo tiene un blog y que a través de él se comnica sobre temas que a todos y a todas nos interesan.
    Por el momento les dejo este artículo que llama a la reflexión sobre la triste realidad de sometimiento sexual, explotación y el incierto futuro que espera a las niñas, en el área rural de Nicaragua.

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    1. A fuerza de repetición descriptiva deja bien sentado con un lenguaje super diáfano y circular el fenómeno sociológico que aborda los temas tipicos de denuncia social, en este caso, la crítica a la sociedad patriarcal, el machismo, el destino como halo fatal – del cual no hay escapatoria- de mujeres del campo. No hay salidas a esta realidad que aborda someramente el tema de la migración de mujeres. La tecnica redundante del relato, casi asfixiante, cala en el lector y revive con persistencia un cuadro de vida que es común a un amplio sector de mujeres.

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    1. Abril 2, 2016

      Qué tristeza, que dolor, que angustia para madre e hija. Dura realidad para nosotras las mujeres, esto es día a día mujeres y niñas abusadas por hombres cobardes. Leí varias veces y me dije GRACIAS SEÑOR por tu protección por el amor que nos tienes. Solas con la PROTECCIÓN DE DIOS a la cual nos aferramos.

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  3. Dura la realidad nicaraguense, la de sus mujeres, la de sus niñas…..Vivi por unos meses en Condega junto a mi hijo que entonces tenia 10 años. Pregunta de mi hijo Lleir: Mama que hacen los hombres en este pais? Es que solo se dedican a hacer hijos?. Me coste explicar una realidad tan cruda a un niño.
    Yo que hacia mis practicas como Educadora Social en Los Pipitos, vivia la realidad de las adolescentes, muchas con discapacidad mental, de las que ya habian abusado sexualmente padres, tios, marido de la madre…..parecia que por ser mujeres su destino era este, el de ser abusadas y violadas.
    Realmente me marco mi estancia en Nicaragua, pensaba inocente de mi, que aquella revolucion que me arrastro hasta alli, havia servido para emancipar a todos incluidas niñas y mujeres.
    Mujeres valientes, mujeres fuertes, la luz de Nicaragua esta en sus mujeres. Son ellas las que llevan adelante al pais, el principal soporte de la familia.
    Felicidades por tu escrito, repites secuencias que martillean, que llegan al alma y la rompen sintiendo la injusticia. Gracias por ayudarme a recordar que aun estan ahi. Besos.

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